lunes, 21 de agosto de 2017

El Último Metro - Francois Truffaut

Uno de los planos más bellos de la película en el que vemos a Marion viendo a Bernard a través del espejo, como se han visto desde el comienzo, es decir desde el espejo de la vida que es el teatro y el cine en general. Quien mira al espectador y está fuera de la escena es Lucas, el esposo, pero no deja de estar presente. Es curioso además que en la realidad quién está más cerca del espectador es Bernard, pero por el efecto del espejo está más lejos en el plano, mientras que Marion da la espalda al público y Lucas lo confronta. Estos son los dealles que hacen grande a Truffaut. Nótese la segunda mano de Marion en el doblez del espejo, que hace resonancia con lo que Bernard le dice siempre a las mujeres cuando para seducirlas hace como si leyera la palma de su mano: veo que en ti hay dos mujeres. Lo mismo sucede con Marion, una es la que lucha contra por su teatro, esconde a su marido y no se doblega ante los Nazis. Otra la que está tratando de sobrevivir y volver a amar en libertad. 

El Último Metro es una película de Francois Truffaut protagonizada por Catherine Deneuve y Gerard Depardieu. 1944 en París, durante la ocupación Nazi Marion Steiner (Catherine Deneuve) se prepara para estrenar una obra de teatro, que protagonizará junto a Bernard Granger (Gerard Depardieu). En medio de las enormes dificultades de vivir en una ciudad ocupada en plena Guerra Mundial, tienen que sortear obstáculos como conseguir una visa de censura a través del beneplácito de un crítico que se ha unido a los nazis y que no hace sino exclamar su antisemitismo. 

Su marido, Lucas Steiner (Heinz Bennent), es un hombre de gran reconocimiento en el mundo teatral y todos lo creen ya a salvo fuera de Francia, pero en realidad está escondido en el sótano del teatro esperando el momento oportuno para huir. Pero cuando los alemanes invaden la Zona de Liberación sus esperanzan se desmoronan y no le queda más remedio que esperar un milagro, es decir, que termine la guerra, mientras su compañía de teatro se prepara para el estreno de la obra de la cual depende no sólo su teatro sino su vida.

El Último Metro es un drama que muestra la realidad histórica de vivir en París durante la ocupación, en que los ciudadanos tenían que recurrir a medios desesperados para sobrevivir. El título de la película alude al hecho de que en París se vivía bajo la presión de no perder el último metro del día para llegar a casa a tiempo para evadir el toque de queda impuesto por los alemanes. El teatro, además era el refugio en el que los parisinos encontraban calor, ya que durante la ocupación el carbón, como tantos otros bienes, era escaso y casi imposible de costear para una persona común y corriente. Así la gente iba al teatro y pasaba el rato, mientras que las funciones terminaban justo a tiempo para que los ciudadanos corrieran a alcanzar el último metro.

Pero el teatro no era nada más un lugar seguro y cómodo para pasar el rato, sino que como medio cultural era también un refugio y medio de resistencia pasiva.  Lo vemos sobre todo en el personaje de Marion Steiner que a pesar de no confrontar directamente a los nazis se rehúsa a doblegarse ante ellos. A diferencia de Bernard Granger quien sí trabaja directamente con los resistentes exponiendo su vida e incluso a veces la de sus compañeros de trabajo. Así Truffaut inteligentemente utiliza en su guión el mismo medio del teatro, el oficio del actor, las dobles personalidades, las historias escondidas, lo oculto, las máscaras, los disfraces, el maquillaje, que conforman un discurso mediante el cual  nos muestra cómo un país entero logró mostrar una cara ante los ocupantes pero manteniendo intacta su identidad, y su esencia en lo más profundo de su ser.

Es un film lento, pero construido de manera extraordinaria, pues Truffaut,  se toma el tiempo de irnos mostrando los personajes, la relación entre ellos y el triángulo amoroso que inevitablemente habrá de surgir entre Bernard Granger y Marion Steiner, sin hacerlo obvio, sino usando más bien elementos cinematográficos.

Lo bello de este film es que en el fondo es una historia sencilla pero que muestra la gran complejidad de la vida  en guerra e incorpora aspectos de la cotidianidad y la forma cómo estos eventos tan complejos sacan lo mejor y lo peor del ser humano desde la solidaridad y la incondicionalidad hasta la cobardía y la traición.


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Otra cosa excepcional de este film es que casi todo ocurre dentro del teatro, lo que genera una sensación de claustrofobia, pero también nos muestra la cantidad de vida que puede haber dentro de un espacio cultural, cuyo objetivo es recrear otros mundos, desarrollar la imaginación y expandir el alma humana en momentos en que esta se ve acorralada. No es un film de gran tensión, ni es un film de guerra de esos que se centran en grandes escenas de violencia, es grande precisamente porque logra mostrar que incluso en los momentos más duros la vida sencillamente sigue y por más duras que sean las circunstancias lo único que no podemos perder jamás es la esperanza.

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Y tú qué propones?

Esta es la típica pregunta con la que mucha gente te responde a las críticas de la MUD. Son días de máxima confusión y de desaliento, y nada más frustrante que sentir que la luz al final del túnel está tan cerca y no poder alcanzar la salida. Es curioso lo que generas cuando emites una opinión política y en estos días la mayoría de la gente quisiera más que nada sentir que somos todos una sola voz y un solo camino. Yo no sé si es efecto de los años de polarización, sin es la misma angustia, si es que perdimos la costumbre del desacuerdo, si es miedo, incertidumbre, o si es miedo no tanto al régimen chavista, ni siquiera a perder el futuro, sino a algo mucho más terrible que la propia muerte: la resignación.

La verdad es que yo como persona, como ciudadano no poseo en estos momentos una idea política clara. No soy estratega de estas cosas. Así que mi propuesta no tiene que ver con hacer esto o aquello. Soy un ciudadano que lee y aunque cuando formo mi opiniones soy contundente y hablo fuerte también soy alguien que escucha.

Yo propongo en primer lugar asumir que esto es un totalitarismo que ejerce terrorismo de estado. Y suena como una propuesta algo estéril, nula, un no hacer nada. Algo a lo que se le puede responder “como si no lo supiéramos”, pero la verdad es que a mí todavía me cuesta creer que esto es lo que estamos viviendo y todavía me cuesta asimilarlo, mucho más comprenderlo. Pero creo que hasta que no lo aceptemos, hasta que no lo interioricemos de verdad, no vamos a poder entender realmente cuál va a ser el camino que nos guste o no tendremos que tomar para recuperar nuestro país.

Al día de hoy más que proponer un camino, una vía, me gustaría proponer una pausa. Una pausa de reflexión. De lectura. De tiempo para una mirada interior, a lo más profundo que de nosotros. Qué queremos, que soñamos, qué esperamos. No sólo de los políticos, de los dirigentes, sino del país, de nosotros mismos. Cuál es el país que queremos, pero cuál es la vida qué queremos. Eso que soñábamos con alcanzar, con hacer, el lugar en el que queremos pasar nuestra vejez, la forma como pretendemos esperar el ocaso de nuestra vida.

Adicionalmente a ello tenemos que atender a las voces del pasado, las que ya han pasado por esto, porque desde las Guerras Púnicas, desde la mítica Troya, hasta la II Guerra Mundial, no somos los primeros en haber pasado dificultades, en haber sentido que el mundo se acababa y en haberse aferrado a cualquier esperanza que negara esa posibilidad. En la música, la poesía, en el cine, en los libros hay ejemplos, hay compañía, hay rincones de sosiego. En el piano, la ciencia ficción, las biografías de grandes hombres, en sus discursos, en las crónicas de sus viajes, de sus campañas militares, de sus fracasos amorosos hay también algo esperando para sanarnos, para orientarnos, para ayudarnos a renacer, no tanto como país, sino como seres humanos.   


Yo propongo una pausa de lectura, de desarrollo del pensamiento crítico, de reevaluación, de aprender algo de historia. Tal vez no encontremos todas las respuestas o ninguna, pero sin duda alguna que la decisión que vayamos a tomar como seres humanos venga también desde el pensamiento y desde el sosiego. Al menos así no es más fácil aferrarnos a lo único que nos queda en estos momentos: nuestros principios.

jueves, 6 de julio de 2017

Los destructores de oficio


En la última semana he tenido conversaciones y he leído comentarios francamente deprimentes de varias personas hacia dirigentes políticos en Venezuela. Es la típica conversación en la que tu interlocutor destruye a todos los dirigentes por brutos, por corruptos, por ineptos. A los que más o menos califica por tener algo de cerebro los estima inviables quizás precisamente por eso, luego hace una comparación histórica para intentar rebatir tus argumentos (como si tú fueras acabaras de salir de tu lobotomía, entonces para que aprendas y te nutras, ¿no?) y finalmente te dice que bueno que hasta los historiadores en Venezuela son una basura, porque ya en ese país no se hace nada, nada sirve, nadie entiende. En fin, que los venezolanos de hoy en todo somos todos una vergüenza, una porquería, no servimos.

En primer lugar yo me harté de las generalizaciones en contra de los venezolanos. Después de partir de allí, si hay algo que me enfurece casi a la par de Maduro es justamente esta posición del destructor de oficio que no hace nada, que no plantea nada, que además no aporta, no se involucra y no participa salvo en conversaciones de sobremesa, whatsApp y redes sociales en las que destruye , posicionándose en una especie de Parnaso donde está él con "LA VERDAD". Se supone que tú (pobre idiota, débil, lumpen intelectual) sencillamente no quieres aceptar lo que te están diciendo porque o te duele, o eres una foca obediente que no piensas por ti misma o sencillamente eres inculto y tonto. Este es el nivel de discusión y descalificación al que he llegado con algunas personas.

Debo decir como venezolana, como mujer, como escritora y bloggera que si bien es inexpugnable el deterioro de nuestro país desde su infraestructura hasta su fibra social, que claro que hay dirigentes cuestionables, de trayectoria terrible, ladrones, vendidos, mentirosos, corruptos, y pare usted de contar, también es verdad que Venezuela ha dado un ejemplo de convicción democrática, de resistencia, de principios, de solidaridad y de calidad humana que están relevante para la historia de la región como lo ha sido su destrucción. Estoy orgullosa de mi país. Cada día y más que nunca en mi vida.

Ciertamente todos tenemos derecho a nuestra opinión y a expresarla a través del medio y en el momento que creamos o sintamos conveniente. En mí siempre encontrarán a una férrea defensora de ese derecho y no mandaré a callar a nadie jamás. Cuestionar, criticar y expresar nuestra opinión no es sólo un derecho, a veces es incluso un deber. Ciertamente luchar contra un narco estado, mafioso, terrorista, en una sociedad colmada de enchufados y vendidos, y de gente que no termina de asimilar lo que sucede porque no se encuentra en el liderazgo o está atrapada en el día a día requiere de gente valiente que exprese su opinión. Al final necesitamos tanto al pragmático, como al soñador, al crítico, como al que suele ser más moderado y prudente. De la pluralidad del pensamiento saldrá una república sana, pero de un pensamiento monolítico no y por eso siempre me reservaré el derecho de cuestionar a cualquier líder y cualquier propuesta cuando así lo crea conveniente.

Las diferencias siempre van a existir y de hecho es sano que existan, sobre todo de pensamiento. Diferencias que pueden ser superficiales, hasta de simpatía pero más importante aún ideológicas, morales y de principios, algunas de las cuales nos pondrán en planos irreconciliables con estas personas. Y con eso quiero decir, no que vamos a vivir insultándonos, sino que no seremos amigos, que no iremos juntos a la playa, que no nos dedicaremos risitas, que llegado el momento y el lugar cuestionaremos duramente pero al día de hoy, ahora en plena crisis humanitaria, con el país que no se va de la manos, a pesar de todas nuestras diferencias tenemos una causa común que es Venezuela.

He visto gente inteligente dedicar los más despiadados comentarios hacia dirigentes presos, o en pleno meollo de la lucha y la resistencia, buscando en mí, porque he sido crítica ante muchas posiciones, una especie de beneplácito de la falta de empatía. Una conchupancia para destruir de gratis y hacer que llegar a un nivel de descalificación que escapa la crítica cotidiana y hasta el chisme para caer casi en la deshumanización. Esto de parte de destructores de oficio, de quienes no he visto el primer movimiento, el primer aporte de ningún tipo, ni a nivel político ni social, gente que incluso lleva varios años fuera del país y que no tiene ni idea lo que es salir de su casa y encontrarse con un Guardia Nacional que te puede destrozar la vida o simplemente pasar de largo. Que no sabe lo que es el miedo, ni perderlo todo, ni tener que salir con pocas opciones de tu país porque sencillamente un día te diste cuenta que no tenías futuro, ni tus hijos ni tú. Estos destructores que les parece que los muertos son una deuda con la historia y que es lo que tocó, que los dirigentes presos se lo buscaron porque son cobardes y son basura. A ustedes les digo que lamentablemente su superioridad moral y su falta de empatía los acerca más al Hugo Chávez del 98 que al movimiento republicano que hoy quiere recuperar la democracia en Venezuela.

Tzvetan Teodorov en La experiencia totalitaria habla de cómo todos los seres humanos tenemos potencial para hacer el mal. No somos superiores, ni inocentes, ni mejores, cada quien tiene una circunstancia distinta y para nuestra suerte y fortuna, dentro de tanto daño, hemos sido muchos más los venezolanos que no hemos sucumbido ante tantas posibilidades de entregarnos a la barbarie, sea porque nos unimos a la maquinaria asesina o porque sencillamente tiramos la toalla y nos dejamos llevar.

En lo personal, debo decir, que si algo he logrado mantener intacto estas casi dos décadas de régimen chavista es una parte de mi corazón inmune al resentimiento. No he dejado ni que entre en mí el odio, ni las ganas de destruir a nadie, sino que mi energía va en reconstruir mi país y mi vida. Mi idea de justicia no es dañar, es subsanar. Me sigo alegrando por los demás y sé, que aunque tenga diferencias emocionales, personales y de ideas con dirigentes y ciudadanos, hasta con mis amigos, soy capaz de trascender esto cuando alguno de ellos está amenazado y brindarle mi solidaridad. No es fácil, y no siempre me he sentido así. No siempre han sido mis sentimientos tan limpios. He dicho cosas que no podría recoger, he dañado, he insultado y probablemente lo vuelva a hacer, pero si soy capaz de recoger mis palabras es porque no me creo superior a nadie, sé que en cualquier momento puedo y volveré a fallar.

No estoy de acuerdo con la retribución, ni el escarnio público. Estoy harta de la superioridad moral y la destrucción constante. Harta. No me infunde respeto quien la aplica. No siento que es más ilustrado, ni preparado, ni mejor, el que usa su pasado intachable para destruir a quien más allá de sus errores hoy está luchando por el país. Me da de hecho tristeza ver que esa podría ser la piedra de base para la construcción de una república porque así lo que haremos será sembrar nuestro futuro sobre lo mismo que nos trajo aquí: el revanchismo, la falta de justicia, el chisme, la falta de honor, solidaridad y un verdadero concepto de justicia.

Critiquemos, cuestionemos, pero estemos claros de una cosa, nosotros también nos equivocamos, así que cuando alcemos la voz en contra de alguien pensemos en cómo nos gustaría que nos critiquen a nosotros. Destruir como si fueras dueño de la verdad y de una moralidad intachable no te hace más inteligente, ni mejor, sólo te convierte en un destructor de oficio. Uno más de un montón. 

jueves, 22 de junio de 2017

Día 3 - De una nueva forma de compañía

Es el tercer día desde que me caí por las escaleras, me operaron y me pusieron un yeso. La vida de repente es un golpe. Si uno está acostumbrado a tener las cosas bajo control de pronto sentir que estás sujeto al dolor, dependiente de otros y que no te puedes valer por ti mismo es como una cadena. Me da rabia, porque justo ahora comenzaba a poner en orden muchas cosas. Una operación, una lesión, un frenazo de este tipo, una receta de reposo y de medicinas que dan sueño y causan fatiga sin duda que lo obligan a uno a cambiar el ritmo.

Hay quien dice que los accidentes son avisos del destino, que cuanto estas cosas pasan es porque hay una señal por ahí que te está avisando que debes bajar la marcha y mirar a tu alrededor. La calma nunca ha sido uno de mis fuertes. Cuando veo algo que quiero, generalmente soy como una locomotora. Por otro lado, hay cosas que quiero de las cuales a veces me siento alejada, como trancada, como si tuviera que llegar a un lugar y no pudiera salir de mi casa porque frente a la puerta hay un río enorme, crecido y que para atravesarlo necesito recursos, ingenio, paciencia, no nada más las ganas y la valentía.

Esa ha sido mi historia durante varios años. Las cosas me parecen más difíciles que lo son, pero por otro lado no son tan sencillas como parece. Es como una canción de Ricardo Arjona, lo siento. Pero son ganas de decirlo todo a la vez. El caso es que de pronto me encuentro con las piernas estiradas, la computadora entre las piernas, el tiempo vacío, pero lleno a la vez. Es demasiado extraño, de pronto una incapacidad es una oportunidad. Mientras haya electricidad en el tomacorriente, la computadora prenda, el teléfono funcione y queden algo de neuronas despiertas quedará algo por hacer.

Desde hace setenta y dos horas mi casa es mi mundo. La diferencia entre el piso de arriba y el de abajo es de un continente a otro. Subir o bajar es cruzar un océano. Lo he hecho a rastras y con las muletas, como quien dice que ha ido a Europa en barco y en avión. Me la pienso. También me la juego, porque desde que me caí y me rompí, y me quedé sin poder caminar como es debido me vi de frente con una suerte de fragilidad que no sabía que tenía por dentro. Ya no puedo ir tras de mi esposo si estamos discutiendo, tampoco me resulta tan fácil recoger algo que se ha caído al suelo. Salir es una batalla campal y siento que las horas pasan con una lentitud que sólo me habían reservado anteriormente para los trancones del tráfico.


Mis días se han ido entre algunas actividades y el nuevo aprendizaje de una cotidianeidad desconocida para mí. Usar muletas. Bañarme con una bolsa en el pie. Caminar brincando. Sentir terror de una escalera, ver una montaña, un precipicio, dormir con el ardor de una herida quirúrgica escondida tras férulas y vendajes. Mirar el reloj, tachar un día  y esperar. La gente me dice que escriba. Que escriba y de pronto ante la página en blanco me siento en parálisis total. No es sólo lo que me toca en la personal, sino que mientras miro las horas pasar y trato de darle a mi voz un camino mi país se cae a pedazos. Algún día tendré que contar como mientras la historia sucedía yo tenía un pie sobre almohadas y sacaba tríceps y abdominales para ponerme de pie entre sobresaltos y declaraba una pequeña victoria personal al sentir que dominaba un par de muletas. Pero es lo que me tocó. No hay nada que pueda hacer para cambiar esta circunstancia, me queda esperar y quizás lo más fuerte de todo esto es que me toca enfrentarme a mi propia compañía.

miércoles, 24 de mayo de 2017

10 puntos sobre el referendum

La idea de hacer un referendum consultivo para que “el pueblo” decida si quiere o no la constituyente, más allá de que es un mecanismo populista con que el no estoy de acuerdo por principio, implica una serie de problemas los cuales lo hacen casi imposible de ejecutar, por no decir que es un fracaso garantizado. 

1. No cuenta con consenso: La idea está viciada desde el inicio por la forma cómo fue anunciada, intempestiva, impulsiva, a través de un medio inapropiado, en un día sumamente complejo  en el que la noticia eran los magistrados que se pronunciaron sobre la propia constituyente, además de  de Maripili Hernández. Allí el primer error. Esta propuesta no fue sometida a consideración d nadie, lo que quiere decir que es unilateral y que lo más probable es que termine siendo un factor de división que lejos de animar a la gente a la lucha desmoralice a una sociedad que lo que más la impulsa es ver a sus líderes actuando coherentemente y en dentro de la mayor consonancia posible. 

2. Divide: La unidad no es sólo la MUD: La unidad que necesitamos para salir de esta pesadilla trasciende al organismo de la MUD. Quienes tenemos que estar unidos somos todos los venezolanos. Al final, este movimiento que comenzó en abril es de la gente, de la sociedad civil en pleno y ha llegado incluso a trascender el liderazgo político de muchos dirigentes que tuvieron que más bien seguir al país. Esta propuesta, incluso si la aprobara la MUD, que goza de una credibilidad baja en este momento, no cuenta con el apoyo de esa sociedad. La mayoría de los venezolanos estamos convencidos de que no queremos una constituyente, por lo tanto no hace falta una consulta. Además sabemos que los procesos electorales en nuestro país son complicados. En Venezuela desde hace años votar no es una fiesta democrática. Ni se hacen en paz, ni son procesos sencillos, ni transparentes. Quienes están dispuestos a asumir este consultivo no toman en cuenta que para muchos sectores del país una votación incluso organizada con tiempo y contando con toda la maquinaria que se necesita implica represión y violencia. La esperanzas e que vayan diez millones de personas, pero eso es muy poco probable. Unos no irán porque se sentirán desmotivados, otros porque los sectores populares están totalmente cubanizados y controlados por el régimen. Es decir esta propuesta va a fracturar la unión de la gente, que es la que más necesitamos mantener. 

3. Cuestión de Logística: ¿Cómo se va a organizar la consulta? ¿De dónde van a sacar el material? ¿De dónde van a sacar los recursos que se necesitan? ¿Van a hacer campaña? ¿Cómo se movilizaría la gente? ¿Qué pasa cuando cierren vías? ¿Han pensado que si cierran el metro sólo por una marcha podrían incluso colapsar todo el país con tal de que esto no se de?¿Quiénes van a ser los miembros de mesa? ¿Cómo se va a garantizar la transparencia del proceso? ¿Cómo va a ser el conteo de los votos? ¿Quién va a hacer la totalización? ¿Quién va a garantizar la seguridad del material de votación antes, durante y después? SI es la sociedad, como lo están planteando, ¿cómo la van a garantizar en sectores populares? ¿En dónde se hará la votación? ¿Cómo van a garantizar que los miembros de mesa estén debidamente entrenados para el proceso? ¿Si el CNE no apoya y están contando con usar los mismos miembros de mesa que las elecciones pasadas, de dónde van a sacar esa logística? ¿Qué pasa en los lugares en que esos miembros de mesa eran del PSUV? la que más me preocupa, ¿Cómo van a garantizar la seguridad de los votantes?

4. Aspectos de seguridad: Hablando de este último punto. Puede ser que en algunos lugares de Caracas, sobretodo en partes del este, la votación se lleve a cabo sin mayor problema como suele suceder en la mayoría de los procesos electorales. Sin embargo, quienes han estado involucrados en elecciones desde hace años saben que en muchas zonas de Caracas, y sobretodo el interior del país, las elecciones se ven marcadas por la represión y la violencia. Los colectivos están fuera de control. En una manifestación masiva contra Maduro y el régimen que lo sostiene, ¿cómo van a defenderse estos ciudadanos esparcidos en centros separados unos de otros? Esta dispersión aumenta su vulnerabilidad. 

5. Los números: Después de estudiar el Registro Electoral Permanente sabemos que está totalmente distorsionado. Asegurar que vamos a sacar 10 millones de votos contando con esa herramienta que no está depurada y que ha sido manipulada por el régimen es irse en el aire. Primero habría que empezar por reconocer que desde la base hay serios problemas y que esos diez millones no se pueden garantizar. Ganar la Asamblea Nacional comenzó por reconocer este problema y por hacer un plan pensando y muy bien organizado que cotejó sobretodo este aspecto, aunado al punto cuatro. 

6. Los tiempos: Tomando en cuenta los puntos cuatro y cinco solucionarlos toma tiempo, al igual que descifrar toda la logística, este referéndum tendría que llevarse a cabo en días. ¿Han averiguado ya si da tiempo de imprimir todo el material necesario? ¿Cuánto tiempo tomará llegará a un consenso? ¿Cuánto tiempo antes del referéndum habría que hacerlo? 

7. La Pregunta: Evaluar la pregunta, es decir qué se va a someter a consulta no es cualquier cosa. Lo planteado ayer por Freddy Guevara en su alocución demostraba que no había reflexionado sobre el tema y que no lo tenía claro. La pregunta no puede implicar elegir entre una Constituyente y salir de Nicolás Maduro. Entre otras cosas porque lo que exige la protesta sobrepasa a la salida de Maduro y no es sólo eso lo que está en juego. Pero sobretodo porque, en sentido estricto tendría que plantearse una pregunta más sencilla cuya respuesta sea Si o No, lo contrario se resta a confusión. ¿Qué se va plantear entonces? ¿La salida de Maduro o la Constituyente? Por más que quienes plantean esta estrategia lo nieguen someterlo a referéndum de cierta forma lo legitima. Afirmar que esa no es la intención sencillamente no niega el hecho. 

8. Represión: En estos momentos hay civiles que ya han sido juzgados por tribunales militares. Hay algunos a quienes en cuestión de días sentenciaron a 20 años cárcel por estos delitos. ¿No creen que todo aquel que se presente como miembro de mesa se expone a esto? ¿Lo van a hacer anónimo? Después de que vivimos la lista de Tascón, todavía hay mucha gente, sobretodo de los sectores que esta movida de movilización en masa busca aupar que no se atreverán a ir a votar y con toda la razón. O porque son empleados públicos o porque tienen a los represores de vecino. Si lanzan lacrimógenas, perdigones, plomo contra residencias tienen que tener por seguro que lo harán contra centros de votación, irán presos votantes miembros de mesa, testigos. Este proceso, puede ser muy civil y hermosos, pero hace vulnerable individualmente a mucha gente. Expone demasiado. 

9. Apoyo internacional: La unidad y la coherencia en la protesta es lo que nos ha ganado el apoyo internacional, que ha llevado a que incluso las islas del Caribe, totalmente rendidas al régimen se vayan separando. Este proceso, en el mejor de los casos, frenará este asunto. La OEA por ejemplo tendrá ahora la excusa de paralizar sus gestiones para esperar a ver qué sucede. Entre otras cosas porque no se vale en ningún sistema ir a una consulta partiendo de la base de que está ganado. De ser así, ¿para qué hacerla? 

10. Apaciguamiento: Es muy difícil convencer a la gente de que un país que ya está colapsado, va a profundizar ese colapso con esta estrategia electoral. Es decir, que una vez que tengamos el consultivo sí se irá a al 350 y a la “calle sin retorno”. El país se preguntará ¿por qué entonces sí y ahora no? Y la respuesta que da Freddy Guevara y Lilian Tintori de que este será el detonante no es convincente, entre otras cosas porque esta misma propuesta no está clara y lo más probable es que termine siendo un intento fallido, que como el mismo revocatorio que se le negó a la gente, termine por generar más frustración y desconfianza. Es iluso pensar que si se tranca esta vía la indignación sí va a movilizar a la gente, entre otras cosas por lo mencionado anteriormente, esta propuesta no cuenta con consenso. 


Entiendo que estos mecanismos en una primera aproximación parecen viables, pero lamentablemente frente a une régimen mafioso, asesino, que tortura desde estudiantes y profesores, hasta quienes se han entregado al activismo en pro de los derechos humanos, pensar que esto no va a tener un altísimo costo para muchos ciudadanos es cuanto menos ingenuo. Quizás se se hubiese planteado hace un año, pero en este momento nos dejará exactamente donde estamos ahora, pero más fracturados.

jueves, 18 de mayo de 2017

Reflexiones para la república que viene: El deber ser



El 2 de febrero de 1999 tomó posesión de la presidencia Hugo Chávez. Recuerdo ese acto en el entonces Congreso de Venezuela como si hubiera estado allí. Chavez con la mano derecha levantada y la otra sobre la Constitución de 1961, Luis Alfonso Dávila con un gesto de juramento similar ofreciéndole a Chavez la carta maga y Rafael Caldera, todavía con la banda presidencial, en medio de los dos. Lo que está grabado en mi memoria de este momento son las palabras: juro sobre esta moribunda constitución. 

Cuando Chavez alteró el juramento hizo el primer quiebre a la institucionalidad. No tenía derecho de modificar un juramento tan importante como el que un presidente electo debe hacer sobre el principal instrumento legal de un país. Una constitución no sólo es la radiografía de una sociedad, es lo que sostiene la maquinaria entera del estado. Un hombre, puede ser presidente o no, tiene derecho a cuestionar la constitución de su país, incluso proponerse a hacerle cambios. Estudiarlo, consultarlo, impulsarlo. Pero a la larga el cómo se hacen las cosas, la forma, termina siendo tan importante como el fondo. Que un presidente recién electo le faltara el respeto al mecanismo que lo llevó a la presidencia era la primera señal de que sus intenciones no eran democráticas y ahí ha debido detenerse todo este proceso. 

Si esto se pudiera reescribir como una película Luis Alfonso Dávila y Caldera, así como los diputados ahí presentes han debido frenar la toma de posesión. Exigir que el presidente electo repitiera el juramento y apegarse a lo establecido en la ley. Fácil no hubiera sido. Seguramente les habrían llovido críticas e insultos, pero ese era su deber como funcionarios, como demócratas. Después de todo, el proceso de toma de posesión en un régimen democrático trasciende los simbólico. No se trata de palabras bonitas, de actos espectaculares ni de parsimonia. En una toma de posesión estamos hablando del principio de alternabilidad del poder, de la seriedad de las instituciones, de la responsabilidad del funcionario que asume el cargo de deberse a la ley y a los principios consagrados en ella. También es un acto que se realiza en el congreso y lo preside el presidente del congreso porque marca la relación que debe existir entre los poderes públicos: separación, balance, pesos y contrapesos. 

En la realidad lo que ocurrió fue lo que suele ocurrir cuando se instalan regímenes totalitarios: nada. La reacción de muchísima gente fue de risa. Casi de admiración. El desafío de Chávez no se tomó como un desafío a la democracia, ni a las instituciones, sino a los políticos. Esto último se puede comprender. Los ciudadanos tenemos derecho a estar hartos de los políticos, pero no podemos tomar a la ligera el desafío a las instituciones. Una cosa es el hombre y otra es la institución, y es válido tanto para los funcionarios que detestamos, como aquellos que admiramos. Incluso cuando estamos de acuerdo con las acciones de alguien, con su ideología, su manera de pensar, su propuesta, en fin, su política, también nos vemos en el deber de exigirle que respete la ley, que se apegue al derecho y a los valores democráticos porque ese es el deber ser. 

Ese dos de febrero no hubo un juramento democrático, sino que se tomó un procedimiento solemne de suma importancia y se convirtió en un pequeño discurso populista. Verlo ahora calza a la perfección con lo que hemos vivido los últimos dieciocho años. Quiebre de las instituciones, concentración del poder sobre un ejecutivo que ignora a la constitución y los demás poderes y es más, los maltrata, los usurpa, los devora, los aplasta. 

Durante mucho tiempo he venido preguntándome desde cuándo no hay democracia en el país. Quizás en momentos como este una reflexión tal pareciera que no importa. Pero si algo importa en este momento no es sólo reflexionar sobre lo que vivimos, no es sólo expresar el dolor, la solidaridad, la rabia, no es sólo la denuncia, la crítica, el ojo avisor ante cualquier indicio se retroceso o de traición. Una parte fundamental para salir de este embrollo es reflexionar, cómo, cuándo, nos metimos en él. 

Es cierto que el triunfo de Chávez de por sí fue la consecuencia de un sistema que venía enfermo. Pero también de los errores de muchos políticos. Es cierto que ese día, ese 2 de febrero de 1999, fue un momento clave de nuestra historia, porque allí quedó marcado que no teníamos una democracia porque no sabíamos lo que era y por lo tanto no podíamos exigirle ni a un presidente, ni a nadie que la respetara. Por eso fuimos el país que eligió a un golpista, y aunque yo no voté por él debo reconocer que en ese entonces ya tenía dieciocho años y no alcé mi voz en contra de lo que hoy veo como algo inaceptable, porque la constitución que Chavez insultó ese día estaba vigente y era nuestra ley suprema, la base de todo nuestro sistema de país. Ese día nos dejó claro que no venía a reformar, ni a reconstruir, sino que venía a destruir.

A la larga los momentos clave de la historia terminan quedando en manos de unos pocos hombres. Los que están allí presentes, que tienen el poder, la voz, la capacidad de actuar, pero también la consciencia del compromiso. Ese día se selló nuestro destino, el que nos ha traído hasta tanta destrucción y del cual no pudimos cambiar por más que durante años una gran parte del país se ha dejado los sueños y la vida intentándolo. No digo que si ese juramento se repite no estaríamos exactamente donde estamos, pero quién sabe, a lo mejor tantos otros hubieran seguido el ejemplo de que en democracia a los ciudadanos se les deja ser, pero a los funcionarios se les exige el deber ser. 


Es posible que esta reflexión parezca anacrónica e inútil en este momento. Sin embargo, yo creo en revisar la historia para construir el futuro, no para lamentarnos, sino para aprender, para corregir. Espero que la república que vamos a fundar sea una es que no se le permiten licencias, ni faltas de respeto a ningún funcionario, no importa su popularidad, ni las razones, al final debe imperar la democracia, sus leyes, pero sobre todo sus valores. Y que cuando fallen las instituciones los ciudadanos ejerzamos nuestro deber, porque la libertad no es un favor que nos otorgan, pero irónicamente si dejamos que pisoteen los mecanismos que la garantizan, nos la arrebatan.